Publicado originalmente en la Revista Potemkin (número 3), 17 de julio de 2015.
Es mágico ver después de leer, porque cuando ya has leído ya conoces a los personajes, sabes que va a pasar y en que sitios va a suceder la historia; pero todo está dentro de la imaginación. Al ver la adaptación cinematográfica la magia se cumple, vemos a los protagonistas cobrar aún más vida de la que tenían, los escenarios son aún más reales y la narración se nos hace más verídica. En 1949 aparece una película que posiblemente sea la aportación más importante del cine británico, ésta se titula El tercer hombre, basada en una novela homónima que nació con intención cinematográfica.
La idea surgió de Alexander Korda, el productor principal, que tenía el objetivo de realizar una película ambientada en la Viena ocupada por las potencias aliadas tras la derrota del Nazismo. Éste encargó a Graham Green la escritura de un guión con esta característica y este último junto con Carol Reed dieron vida a El tercer hombre. Green necesitó escribir primero la novela y después el guión ya que le era más cómodo hacerlo de esta forma; siempre afirmó que el film era superior a la obra escrita.
Volviendo a lo que estaba contando en las primeras líneas, en este caso el mago se llama Carol Reed, su hechizo no hubiese sido el mismo sin la participación de un potente equipo que le secunda. A parte de este que es director, co-productor y co-guionista; tenemos a Alexander Korda, productor principal e impulsor del proyecto; Anton Karas compositor de la música del film, con su característica citara; Robert Krasker que brinda a esta obra una fotografía con un peso narrativo deslumbrante, dando a esa Viena de la posguerra un aire solitario y lúgubre; y por supuesto Graham Green, guionista y autor de la novela homónima. Para rematar tenemos un brillante elenco artístico con actores como Joseph Cotten, Alida Valli, Orson Welles y Trevor Howard entre otros.
La ambición por encima de todo, este es el tema principal del film. Es bien sabido que en periodos difíciles como lo son la guerra o la posguerra aflora el mercado negro y estraperlo, es vital para sobrevivir; pero de allí a adulterar artículos de primera necesidad con el único fin de lucrarse y hacerse rico sin importar las graves consecuencias en la salud humana, eso es propio de la mezquindad y ambición extrema. Reed presenta esta historia como un puzzle, un misterio que hay que resolver, para ello crea una tensión que va apareciendo in crescendo para establecerse de forma definitiva en casi toda la segunda mitad del film.
Volviendo a la llave que abrió este pequeño análisis, en mi caso, fue tal y como lo he descrito. Vi la película hace un par de años, pero por sepultamiento se me fueron olvidando los personajes y la historia, salvo la Viena ocupada, la Noria del Prater y por supuesto, Orson Welles. Para preparar este texto que tienen delante, tuve que leer la novela y luego volver a visionar el film. Sinceramente, no me pareció un libro espectacular, es muy entretenido pero nada más allá de lo correcto, pero hay que tener en cuenta que se escribió para después ser transformado en guión, por lo que sólo fue una herramienta. Pero al ver de nuevo la obra de Reed sentí mucho entusiasmo al ponerle cara a los personajes y lugares; lo asombroso es que la película mantiene todos los aspectos positivos de la novela más todos los elementos propios del lenguaje cinematográfico ejercidos con un talento indiscutible, lo cual hace que tengamos un relato doblemente reforzado y en consecuencia de esto, una obra maestra.
A nivel formal la película es una joya. La música de Anton Karas que acompaña casi la totalidad del film dota a este de una luz que contrasta con la oscuridad que brinda la fotografía, hablando en sentido metafórico claro está. Siendo sincero, en varios momentos del film la música no me pegaba con la escena o la secuencia que estaba viendo; puede que esto se deba a nuestra cultura audiovisual, donde la música y los sonidos fílmicos están muy estigmatizados, pero esto no significa que el uso de esas melodías en esos momentos precisos de la película sean incorrectos. Desplazándonos al ámbito de la cámara y la planificación, se usa con mucha frecuencia planos aberrados, lo cual no es muy usual, esto dota de originalidad y refuerzo a la narrativa de El tercer hombre; los travellings unidos a este tipo de plano crean un efecto asombroso y estéticamente atractivo. De la fotografía quiero resaltar el magnífico uso del claroscuro y las sombras, las persecuciones por la Viena en ruinas y sus cloacas no serían lo mismo si fuesen iluminadas de otra manera; las sombras de tamaño variable que son proyectadas en los edificios mientras los personajes están fuera de cuadro, esa enorme sombra del anciano vendedor de globos, etc., hacen que este film tenga bien merecido su Oscar a la mejor fotografía; no es en vano que esta obra de Carol Reed sea uno de los grandes representantes del cine negro, no sólo por la fotografía claro está. El montaje es otro aspecto que no pasa desapercibido, en casi toda la película es bastante correcto sin apenas nada que destacar; en la parte final de las cloacas, la gran tensión que se mantiene está muy reforzada por el montaje, donde en ciertos momentos hay más cortes que segundos.
Al estar preparando este texto me di cuenta que, en este 2015 coincidían varias fechas importantes que tienen una relación directa con El tercer hombre; por una parte, es el 70 aniversario del fin de la devastadora Segunda Guerra Mundial, el 60 aniversario del fin de la ocupación de Austria por parte de las fuerzas aliadas, y el centenario del nacimiento de Orson Welles. Así que me parece una buena ocasión para que leen y visionen esta magnífica obra y sientan en primera persona ese mágico viaje a través del lenguaje literario y cinematográfico, que aunque compartan varios puntos en común, las diferencias que les separan les hacen únicos y bellos a su manera.
