No recuerdo cómo empezó ese día, pero sí como terminó. Recuerdo haber madrugado para ir a clase, y claro después de comer estaba que me caía. Intenté echarme la siesta, estaba en un estado entre la vigilia y el sueño a la vez que haciendo un repaso a todos los sucesos que me bañaron en estas últimas semanas. Me puse los cascos (los que me prestó mi amigo Posadilla) y le di al modo aleatorio del iPod mientras escribía. Lo que compartiré ahora con vosotros está escrito en mi inseparable cuaderno «Fiorentino II», todavía se puede apreciar en sus hojas el rastro de mis lágrimas de emoción al escribir, mientras de fondo se escuchaba «Shine on your crazy diamonds» de la mítica banda Pink Floyd.
«Bendita sea la hoja de coca que me acompaña siempre. Amén.
Mamá, siento que he cambiado, ya no veo las cosas con los ojitos con los que me traíste al mundo. Siento que aprendo, me estoy haciendo un hombre, sé que me estoy haciendo un hombre. El hombre que siempre quise ser.
Mamá, te echo de menos. He tenido que dejar nuestra casa; me duele, sí, pero tenía que hacerlo. Sé que lloraste en mi ausencia (mas no has sido la única), lo sé; por eso te pido perdón, pero tenía que hacerlo.
Mamá, te echo de menos, echo de menos cuando me regañas, cuando me arropas, cuando me apagas la luz antes de dormir, cuando me cocinas rica comida o cuando vienes a buscarme al aeropuerto.
Mamá, mírame ahora, ya soy un hombre. ¿Estás orgullosa de mí? Sé que lo estás.
Bendita sea la hoja de coca que me acompaña siempre. Amén.
Hijo mío, te observo desde la lejanía, te veo feliz, sé que eres feliz. Sé que no paras de trabajar, sé que lo estás dando todo, sé que te esfuerzas al máximo. Sé que te cuesta aprovechar cualquier momento en su plenitud, pero sé que te esfuerzas por conseguirlo, con esto es suficiente.
Hijo mío, sigue soñando, sigue creciendo. Cuida tus amistades, hazte amigo de tus enemigos y se prudente.
Ahora, vete hijo mío, crece y se feliz. Piensas que has vivido lo suficiente, pero te queda un largo camino por recorrer, disfruta del camino. Es más importante el camino que la meta.
Adiós hijo mío.
Bendita sea la hoja de coca que me acompaña siempre. Amén.»
(Madrid, 15/05/2012)